Nota publicada en revista de septiembre Deploy your career: link
Desde chica siempre me gustó la música. A los 16 aprendí a tocar la guitarra de forma autodidacta. No era experta, pero me alcanzaba para cantar las canciones que me gustaban. Siempre soñé con componer algo propio: las melodías aparecían, pero las palabras me resultaban ridículas, o simplemente no encontraba qué decir.
En realidad, lo que sentía era miedo.
Durante mi vida adulta la música me siguió acompañando. Intenté aprender a tocar otros instrumentos y fui a clases de canto, siempre como hobby.
Este verano, estando en la playa de vacaciones con mis amigos, me llegó el reel de un curso: “El oficio de hacer canciones”. El corazón me empezó a saltar como el de una niña a punto de convencer a sus padres de que le compren un gran regalo.
Mi amiga, que estaba a mi lado, se dio cuenta y me dijo: “Ese curso es para vos”. Entonces me aferré a sus palabras y allá fui, con la guitarra a experimentar.
¿Y qué pasó? Después de haber sentido por años que no era algo que podía hacer, compuse mis primeras tres canciones!.
¿El truco? Era la tarea del curso y había fecha límite de entrega. Esa pequeña presión me ayudó a enfocarme en el objetivo sin dar tantas vueltas.
El aprendizaje más importante fue confiar en los recursos que yo ya tenía, escuchar lo que quería decir y simplemente hacerlo.
Hoy las escucho y no tengo la menor idea de cómo salieron… Lo que sí sé es que son sentidas y sinceras. Me siento orgullosa del proceso y del resultado. Y me pregunto: ¿cuántas posibilidades tendremos que no vemos hasta que otro nos da un empujoncito?
Mi trabajo en tecnología muchas veces se parece a escribir una canción: cuando aparece la consigna, no tengo idea de qué voy a escribir, pero confío en que tengo los recursos y lo puedo construir. Eso me da calma y disfrute.
Si hay bloqueos o me siento “quemada”, mi truco es descansar. Me voy del lugar, camino como si me alejara del problema, hago una pausa. Sé que insistir forzando más mi pensamiento no ayuda y que mi cerebro sigue procesando, en “segundo plano”.
Otras veces me sirve hablar con compañeros de trabajo o pensar: “¿Cómo le contaría este problema a mi tía de 80 años?”. —Aunque no tengo ninguna tía de esa edad—. También usar papel y lápiz, dibujar. Converso con la IA: “¿Cómo encararías la solución a este problema? Dame alternativas”.
Las diferentes miradas me ayudan a abrir la cabeza y así, de a poco, voy componiendo las respuestas.
Hasta hace poco tiempo no me tomaba el arte demasiado en serio: no me animaba, tenía miedo de fallar. Pero descubrí que las estrategias para crear eran las mismas: ya fuera una receta, un algoritmo o una canción. Mente y corazón. Corazón y mente.
El arte en mi vida hoy es más importante que nunca. Además de ser una fuente de recursos para mi trabajo, me ayuda a escuchar mejor, a ser más flexible, a saborear la empatía. Cuando me sumerjo en ese mundo siento que la vida se suaviza y mi libertad se expande.

Deja una respuesta